Vivir para comer.

Me encanta cocinar. Admiro a Francis Malmann y su “estilo” rural, aparentemente simple y despojado. Hacer lo que a uno le gusta, ya es algo bien interesante. Cocineros es moda, es contenido para la TV. Así me encuentro con los Slow Food, un movimiento que se opone al Fast Food y a la globalización de gustos y preferencias, buscando en los alimentos regionales una resistencia cultural. Digamos, La guerra de los paladares. Absorto en esos pensamientos me tropiezo con una vulgar bolsa de basura destripada por gatos o perros hambrientos. Desparramados, embalajes de “golosinas” alfajores, galletitas, cheeps, sachets de mayonesa, ketchup, latas de paté y de sardinas, de pets de gaseosas cola. Como que las cosas al alcance de la mano, reconocibles y fácilmente comibles, se oponen a pelar una papa, hacer salsa de tomates, hornear un poco de harina con agua y sal o azúcar. Sal y pimienta, chilis, sabores….y el romero, la salvia, manjerona, acaso son más exóticos?. Sin ánimo guerrero o engancharme en un bando contra otros, apenas por curiosidad y para comprender de que se trata y como eso incide sobre mi vida http://slowfood.es/.

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